
Por Doña Cocoroca

Casi todos hemos tenido en la vida algún sentimiento platónico por un famoso de la tele o el cine.
Nos enamoramos babosamente del personaje de una película y de ahí quisimos seguir viendo todas sus otras películas, para sentirnos más cerca de él, o tal vez para sentir esa extraña felicidad masoquista de amar lo imposible.
O tal vez habremos sufrido por el cero porcentaje de posibilidades que teníamos con ese cantante que nos movía cada hormona de nuestro cuerpo adolescente, y que en un recital nos hizo descubrir ese ser histérico que llevábamos dentro.
El amor platónico es un personaje absolutamente idealizado, sobredimensionado en sus virtudes y atributos. Más tarde cuando pasa el tiempo y llega algo de madurez, y cuando accedemos a los chismes de un programa farandulero o a las imágenes de una revista de paparazzis, comprobamos con asombro y menos ingenuidad, que aquel semidiós era en realidad un simple mortal con guata, mal genio e infiel.
Yo tuve un amor platónico: Felipe Camiroaga, el animador. Y fue una admiración que vino en su estado más maduro.
Fue raro pues en su época de jovencito galán, lo detestaba realmente, y no podía entender como a la gente le gustaba tanto un sujeto tan feo y presumido.
Y sin embargo de tanto decir que no me gustaba un día me terminó gustando, y terminé siendo una más de las dueñas de casa que se deleitaba al ver su varonil rostro en la pantalla cada día.
Me encantaba mirarlo en la mañana con su estilo chispeante y relajado, me hacía reir a carcajadas. Mi esposo me consentía llevándome desayuno a la cama y prendiendo para mi cada mañana la tele, como si le hiciera gracia o disfrutara de observarme en ese estado de babosidad. Además Felipe era tan simpático, que muchas veces se quedaba mi esposo pegado a la tele retrasándose en la hora de irse al trabajo, riéndose conmigo de las tonteras que inventaba el animador con su estilo tan espontáneo.
Este estado platónico que padezco, pensaba yo en ese tiempo, es lo que hace que los famosos sean famosos.
Una sabe que es 100% imposible algo con el personaje, que incluso aunque tuviéramos la suerte de conocer a dicha persona, el tipo jamás se fijaría en alguien tan común como una, tan poco linda, tan poco flaca, de dientes tan chuecos o de elegancia tan precaria. Para que estamos con cosas, los bonitos con los bonitos casi siempre, sobretodo cuando el bonito es de sexo masculino (no asi una mujer que puede elegir de pareja a un gordito inteligente). Pero incluso si hubiese sucedido el absurdo de haber sido del gusto de Felipe, no me interesaba ni en sueños concretar algo amoroso con él, yo ya tenía mi vida armada y muy feliz. Yo me contentaba con ese Felipe de la pantalla, me conformaba con ser una más del montón de señoras que lo seguían televisivamente.
Un día lo escuché decir en su programa, que cuando él tomara la decisión de compartir la vida con una mujer, quería vivir en una cabaña sólo, y que su esposa debía vivir en otra cabaña, en el mismo terreno pero bien alejados. De este modo según él, la relación tenía más emoción y menos discusiones. Ahí entendí por qué el tipo seguía solo, y probablemente lo seguirá estando. Y se me fue todo lo platónico cual lulo por el W.C.
Primero que nada, dejaba de manifiesto la burbuja en la que está inserto, solo alguien con mucho dinero puede darse el lujo de tener un terreno con dos casas armadas, una para cada quien, y difícilmente podrían los pobres telespectadores seguir sus exquisitas recomendaciones para "mantener vivo el amor".
Además, es un pensamiento que quita de plano la paternidad compartida. Acaso con la llegada de sus hijos él tendría que, cual padre separado, ir a visitar a sus hijos donde su madre, en vez de estar allí para sentir el olor a caca cuando el bebé se ha hecho en los pañales y es hora de mudarlo? O como lo haría la pobre mujer si por un mal movimiento de pronto se va de boca al suelo, y a grito pelado exclama solicitando ayuda FELIPEEE FELIPEEE pero nadie va en su auxilio, sino la nana una hora después pues estaba haciendo el aseo en la cabaña del señor?
La convivencia aporta a las relaciones familiares aspectos únicos. Si se toma con sabiduría, la convivencia ayuda a desprenderse del egocentrismo, del egoísmo, del individualismo enfermizo de nuestra sociedad, ayuda a desarrollar la empatía, la tolerancia, la generosidad, la confianza, e incluso los grados de complicidad que da por ejemplo el reírse del sonido de un peo a mitad de la noche cuando hay solo dos personas que pudieron habérselo tirado, y uno sabe que no fue uno (paradójicamente Felipe dijo hace unos días que cuando más amó a una mujer fue cuando se le salió un pedo. Bueno, ese tipo de situaciones surgen mayormente en la confianza que da una convivencia real).
Quizás si es que llega el día en que mi querido animador se enamore y se coma todas sus palabras y viva feliz con su mujer en una pequeña cabaña, me vuelva ese amor platónico que tanto extraño sentir.














Platónicos
Todos mis amores han sido platónicos... amo un buen plato de carne, plato de pastas, plato de mariscos, etc.
guloso y goloso
jajaja
Saludos Cocorocos